Las dos joyas que Dios le prestó a un masón.

Las dos joyas que Dios le prestó a un masón.
Narra una antigua historia masónica, que un hermano masón, vivía muy feliz con su familia.
Poseía una Esposa admirable y dos hijos muy queridos.
Una vez, por exigencias de negocios, el hermano masón emprendió largo viaje, y estuvo ausente del hogar por varios días.
En el período en que estaba ausente, un grave accidente provocó la muerte de los dos hijos amados.
La madre sintió el corazón desgarrado de dolor, y sin el apoyo en ese momento de su marido.
Sin embargo, por ser una mujer fuerte, sostenida por la fe en Dios y la confianza en Dios, soportó el terrible choque con entereza.
Sin embargo, una idea le venía la mente: ¿cómo dar al esposo la triste noticia? En aquel tiempo hace 230 años que sucedió esto no había teléfonos, ni medios de comunicación eficaces, las noticias corrían lento.
Al saberlo portador de insuficiencia cardíaca, temía que no soportara tanta conmoción.
Y acordó de hacer una oración. Rogó a Dios ayuda para resolver la difícil cuestión.
Algunos días después, al final de la tarde, nuestro hermano masón regresó al hogar.
Abrazó largamente a la esposa y preguntó por los hijos ...
Ella pidió que no se preocupara.
Que tomara su baño, y luego ella prepararía una rica cena.
Algunos minutos después estaban ambos sentados en la mesa.
Ella le preguntó sobre el viaje, y él luego ya algo extrañado preguntó de nuevo por los hijos.
La esposa, en una actitud un tanto cautelosa, respondió al marido:
- Deja a tus hijos por ahora. Primero quiero que me ayudes a resolver un problema que considero muy grave.
El marido, ya un poco preocupado preguntó:
¿Qué sucedió? ¡Que te tiene tan abatida, Habla! Resolveremos juntos el problema, con la ayuda de Dios.
Mientras estuviste ausente, un amigo nuestro me visitó y dejó dos joyas de valor incalculable, para que las guardase, mientras él iría por un camino peligroso. ¡Son joyas muy preciosas! ¡Nunca vi algo tan bello! ¡El problema es ese! Él viene a buscarlas y yo no estoy dispuesta a devolverlas, pues ya me he encariñado a ellas. ¿Qué haré?
¡Y mujer! ¡No estoy entendiendo tu comportamiento! Tu nunca has tenido apegos! ... ya antes vecinos y amigos nos han encargado a nuestro cuidado varias cosas ¿Por qué ahora ese apego?
¡Es que nunca había visto joyas así! ¡Son maravillosas!
¡Pueden incluso ser maravillosas, pero no te pertenecen! Tendrás que devolverlas.
Pero no puedo aceptar la idea de perderlas, le diré mientras tu ausencia sufrí un robo y las joyas las hurtaron de nuestra casa.
Y el Hermano masón respondió con firmeza: - nadie pierde lo que no posee.
¡Esto equivaldría al robo! Vamos a devolverlas, yo te voy a ayudar. Lo haremos juntos, hoy mismo.
Pues bien, mi querido esposo, las devolveremos, sea hecho así, es tu voluntad. El tesoro será devuelto. Pero en realidad eso ya se ha hecho. Nuestro hermano masón a esto puso cara de sorpresa. Si esposo, las joyas preciosas eran nuestros hijos. Dios los confió a nuestra guardia un tiempo, y durante tu viaje vino a recogerlos.
Ellos, nuestras joyas, ya se fueron ...
El hermano masón comprendió el mensaje.
Abrazó a su esposa, y juntos derramaron muchas lágrimas.
Alcoseri
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